Vortex: la película que retrata la demencia con total honestidad

Hay películas que nos cambian, que nos limpian, que nos hacen volver a nuestro entorno, siendo de alguna manera otros. Esto es precisamente lo que consigue Vortex.
Vortex: la película que retrata la demencia con total honestidad
Cristina Roda Rivera

Escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera.

Última actualización: 08 noviembre, 2022

Vortex es todo un experimento visual, y quizás también el más humano de la historia del cine. No hay violaciones de 8 minutos. No hay sangrías que desencadenen un brote psicótico. No hay fluidos demasiado explícitos en pantalla, pero es demoledora.

Estoy convencida de que ninguno de nosotros desearía protagonizar el relato que hace Noé de la demencia. Vortex está muy lejos de películas como El diario de Noa o Amor, esta última también dura, pero con unos vínculos entre los ancianos que nos tranquiliza. Vortex nos muestra la demencia como si los protagonistas del filme vivieran en un mundo que ya no les pertenece.

Y no hay hogar “de toda la vida” que sobreviva a eso. Ni cuidador que no termine insensibilizándose un poco para no romperse. No es pesimismo ni recreación en el dolor. Es una realidad que nadie querría tener cerca por su extraordinario poder destructivo, pero como lotería se presenta si le da la gana. Es una película que no recomiendas, pero que esperas que todo el mundo vea. Así enfermamos y morimos la gente corriente.

La película que enmudeció a Cannes

El provocador Gaspar Noé no consiguió que la gente se levantara de la sala. El franco-argentino más provocador conmocionó a Cannes con un cambio de ritmo. De lente y de narración. Una extraordinaria película que sigue los dolorosos últimos pasos de una pareja de ancianos en su apartamento de París. La crítica se rindió a este cambio de rumbo, y no es para menos. Provocar sin transgredir es una virtud reservada a muy pocos.

Impulsado por las recientes partidas de varios amigos cercanos y su propia experiencia reciente (una hemorragia cerebral en 2019), la película se desarrolla como una historia de miedos incorpóreos. Dos ancianos se arrastran suavemente por un pequeño apartamento. Son un matrimonio interpretado por el cineasta italiano Dario Argento y la actriz francesa Françoise LeBrun.

El marido sufre de una afección cardíaca y trabaja duro en un libro sobre la relación del cine con el inconsciente, intentando abstraerse de la realidad con narrativas muy alejadas de su presente.

Ella, a la que llaman “Kiki”, es una psiquiatra jubilada que tiene demencia, pero continúa escribiendo recetas médicas, con lo que consigue que las pastillas no falten. Esta actividad es la única que parece entretenerla. Ver las pastillas, contarlas, ordenarlas y cambiarlas nuevamente de sitio, como si sus manos quisieran obtener algo de contacto con su realidad. Con la que siempre ha tenido.

Vortex o la humanidad disipada

Tienen un hijo que los ama y les recomienda ir a una residencia, donde puedan obtener un cuidado profesional. Pero su padre se niega en rotundo: si le queda algo de intelecto, dignidad y humanidad es por seguir en su casa. Su hogar lo es todo. El museo de sus obras que ahora está yermo.

Una casa repleta de libros que llega a perturbar más al espectador. Un océano de conocimiento en todos esos libros, cuadros o piezas de arte que contrasta sobre todo con el estado cognitivo de la mujer. Es descorazonador ver como no hay nada que pueda hacer un ser humano para evitar su declive, por mucha cultura que le rodee.

A pesar de todo, se aman y se preocupan por el bienestar del otro. Pero en la vejez se han vuelto como un par de animales que comparten la misma jaula.

Una vivencia en primer plano

La trama de Vortex despierta recuerdos inevitables de Amour de Michael Haneke, que ganó el primer premio en Cannes en 2012. Excepto que la película de Noé es más oscura, más sucia y con menos afecto entre los protagonistas, hastiados de una forma no tan romántica y metafórica como la del director austríaco.

La gran innovación de Noé es filmar todo en pantalla dividida, con dos cámaras de mano enfocadas en los protagonistas en todo momento. Vemos sus cuerpos encorvados y rostros doloridos en lugares con poca luz y habitaciones estrechas. No hay un final feliz para estas personas, que están hechas de la misma materia que nosotros.

En una escena, la anciana comienza a tocar en el escritorio de su marido, para terminar tirando su último guion a la basura. ¿Cuál es el impacto emocional de la escenificación del estado de la mujer? Al principio conectamos con ella, pero al final lo hacemos más con su marido y su desesperación. Porque son emociones humanas que todos experimentamos. Perdonamos su enfado y sus palabras.

Sin embargo, el estado de la anciana nos inquieta, no sabemos a qué nos asomamos. Nos recuerda a nuestros peores días tristes o desorientados, con migraña, lapsus de pérdida de memoria o algún daño cognitivo mayor, pero reversible y recuperable. Ella nos recuerda, con su susurro y exasperante trato de los objetos, que todos llegaremos a la vejez.

Una muerte y despedida como la que viviremos todos

Con la muerte de la Reina Isabel II, buena parte del mundo fue espectador del llanto de sus hijos. La noticia de una pérdida que alcanzó prácticamente todos los rincones del planeta. De alguna manera, en contraste, millones de ancianos viven en condiciones de miseria, abandono y enfermedad.

Nosotros estaremos mucho más cerca de vivir esas historias, esos finales. Aunque el modelo asistencial y geriátrico cambie, envejeceremos y moriremos así.

Entraña pudor social que veamos una historia por el televisor y no seamos capaces de preocuparnos por nuestros ancianos. Es cruel y despiadado. Así que necesitamos estas historias que nos muestren la realidad, que provoquen en nosotros un cambio social, médico y psicológico en el abordaje de los problemas derivados del envejecimiento.

Al final solo quedarán nuestras casas, más pequeñas o grandes, ante la inmensidad de un cielo y un mundo en el que no somos nada para el gran público, pero sí lo somos para la humanidad. De eso va esta película. De no apartar la mirada de la pantalla, cuando lo que vemos no es fantasía. Son nuestras historias, simplemente interpretadas por otros.

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