Zelda Fitzgerald: biografía de una musa rota

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 26 noviembre, 2018
Sonia Budner · 26 noviembre, 2018

Zelda Fitzgerald ha pasado a la historia como la esposa desequilibrada o “loca” del gran escritor F. Scott Fitzgerald. Fue una de las primeras flappers de los locos años 20 en los Estados Unidos. Estas mujeres encabezaron toda una revolución al adoptar nuevos estilos estéticos y nuevas formas de vida.

Descartaron los corsés, se cortaron el pelo y acortaron también las faldas. Fumaban y bebían en público, asistían a salas de jazz y conducían sus propios vehículos. Fue una época muy significativa para las mujeres que empezaban a reclamar roles diferentes en la sociedad.

Fue una generación de mujeres que aspiraban a desarrollar sus propias carreras profesionales y tenían inquietudes más allá de formar una familia y seguir los roles más tradicionalmente femeninos. Zelda Fitzgerald fue un referente de aquellos tiempos y su vida es el reflejo de lo que estas mujeres perseguían. También es un ejemplo de las consecuencias de intentarlo en una sociedad que probablemente era solo tolerante con las apariencias.

¿Quién fue Zelda Fitzgerald?

Zelda Fitzgerald nació en Alabama en 1900. Hija de un estricto y tradicional padre de familia del sur. Zelda fue una jovencita alegre y extrovertida. Era rebelde y muy alejada de los roles femeninos tradicionales de su pequeño pueblo. En una fiesta conoce a una joven promesa de las letras, vividor y bebedor importante.

Este joven se convertiría en uno de los escritores más afamados de los Estados Unidos: Francis Scott Fitzgerald. Scott estaba entonces escribiendo su primera novela, cuyo personaje principal estaba inspirado en Zelda. Cuando se publica se convierte en un éxito arrollador y es cuando Zelda viaja a Nueva York, a los 18 años, para casarse con él.

La pareja se convierte en una celebridad. Eran la pareja de moda, ricos, famosos y con ganas de comerse el mundo. Scott continúa escribiendo, siempre inspirado por su musa. Las vivencias, frases, conversaciones, diarios y cartas íntimas de Zelda fueron las fuentes de las que bebió Scott para componer sus relatos.

Zelda y Scott Fitzgerald

Zelda quiere escribir

Zelda Fitzgerald recibió algunas ofertas para escribir sus propios libros y artículos. Ella escribía relatos autobiográficos, pero los editores empezaron a rechazarlos porque les parecían plagios del trabajo de su marido. Su marido no veía con buenos ojos que su esposa empezará a convertirse en algo más que su musa y no consentía bajo ningún concepto que Zelda usase sus propias vivencias para escribir porque eran la fuente de inspiración de Scott. Esto fue motivo de numerosas y violentas discusiones. Para entonces Scott se había convertido ya en un alcohólico, sus infidelidades estaban a la orden del día y gastaba más de lo que ganaba.

Deciden trasladarse a Francia donde continuaron con su agitada vida social y se codearon con muchos de los intelectuales de la llamada generación perdida. Zelda intenta seguir escribiendo. También empieza a pintar y comienza a formarse como bailarina profesional. Se enamora de un piloto francés y le pide el divorcio a Scott. Este decidió mantenerla encerrada en casa hasta que ella por fin desistió de su petición. Zelda tiene aquí su primer intento de suicidio.

El carácter de Zelda se vuelve errático. Scott no pierde oportunidad de ridiculizarla públicamente y de hacerle la vida imposible. Sienta a sus amantes a la mesa con su mujer y su hija y su extraña y muy especial amistad con Ernest Hemingway hace las cosas aún más difíciles.

Zelda Fitzgerald y las instituciones mentales

Tras su fracaso como bailarina, Zelda cae en una depresión. Consigue publicar su libro Save me the waltz (resérvame el vals) y esto enfurece a Scott. La acusa de haber usado material biográfico de Zelda que él tenía reservado para su propio libro. Nada más publicarse el libro, Scott encierra a Zelda en una carísima institución mental donde es diagnosticada con esquizofrenia y donde se la trata en numerosas ocasiones con la novedosa técnica del electroshock. Zelda no volvió a recuperar jamás su vida. Scott se niega durante años a que Zelda reciba el alta médica. El resto de su vida la pasó entrando y saliendo de instituciones mentales hasta el día de su muerte.

Muchos médicos y biógrafos defienden que Zelda no padeció esquizofrenia. Algunos hablan de trastorno bipolar, otros de personalidad límite. Lo cierto es que la vida que Zelda llevaba junto a su marido, alcohólico y mujeriego, las presiones constantes como celebridades y la incapacidad profesional a la que Scott la abocó eran motivos suficientes para poner a cualquiera en una verdadera montaña rusa emocional.

Rostro de Zelda

La enfermedad de Zelda

Curiosamente, la historia de Zelda y los diagnósticos de enfermedades mentales se repite durante el siglo XX con muchas otras mujeres artistas. La lista de suicidios y diagnósticos de trastornos mentales entre los artistas del siglo XX es muy numerosa, especialmente entre las féminas.

Parece que ese halo de genio y excentricidad característicos de los artistas masculinos era considerado enfermedad mental tratable si los genios eran mujeres. Diagnósticos y tratamientos de electroshock como los recibidos por Zelda Fitzgerald se repiten en figuras de la expresión artística. Artistas tan geniales como la escritora Sylvia Plath, las artistas surrealistas Dora Maar y Leonora Carrington o la escultora Niki de Saint- Phalle fueron sometidas a los mismos tratamientos.

Y lo curioso es que no sucedía solo con las artistas. Sucedió con muchísimas mujeres a las que se les encerró por haber mostrado signos mínimos de inestabilidad emocional. Miles de amas de casa norteamericanas, con estudios e inteligentes, caían en las garras de la depresión. No se les permitía realizarse, formar parte del mercado de trabajo: de alguna manera estaban condenadas a vivir esa vida.

Tras una simple crisis nerviosa o el más pequeño acto de rebeldía se les diagnosticaba una neurosis, una psicosis o la siempre recurrente esquizofrenia y eran sometidas a electrochock. Si tenían suerte, volvían después de algún tiempo a sus casas, mansas, sumisas, incapaces de recordar quiénes eran o de reconocer a sus propios hijos. A día de hoy, este tipo de tratamiento (TEC) sigue teniendo tantos defensores como movimientos a favor de su desaparición.