Roma, un retrato plagado de detalles

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 29 diciembre, 2018
Leah Padalino · 30 diciembre, 2018
Roma es el retrato de una familia, un recuerdo de la infancia que pretende recuperar la figura de una empleada doméstica.

En los últimos años, los premios de la Academia han ido a parar a manos de tres mexicanos: Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. Tres amigos, los tres de México, los tres con muchas historias que contar… Público y crítica se han rendido ante su talento en los festivales más prestigiosos a nivel internacional. Si el pasado año del Toro nos conquistó con La Forma del Agua, todo parece apuntar a que, este año, Roma de Cuarón se hará con algún galardón.

Los Óscar no entienden de muros y, en el último lustro, se han decantado por tres directores extranjeros, inmigrantes, provenientes de un país donde lo espiritual está muy presente en su tradición, algo que del Toro jamás abandona en sus filmes. Pese a adaptarse a las nuevas exigencias, al nuevo y amplio mercado en el que se mueven con unos presupuestos elevadísimos, la huella mexicana sigue palpándose en la trayectoria de estos tres directores.

Roma ya se ha alzado con el León de Oro del Festival Internacional de Cine de Venecia y, con un aplauso unánime por parte de la crítica, todo parece indicar que, en los próximos meses, dará mucho que hablar. Roma es un recuerdo, es la infancia de Cuarón narrada desde la lejanía, desde la madurez. Desvinculándose de sí mismo y envolviéndose en la perspectiva de una mujer que, de otra manera, habría sido invisible.

Ya del Toro anticipó en La Forma del Agua un mensaje de amor hacia la otredad, narrando su película desde la perspectiva de unas trabajadoras de la limpieza, alejándose de los clichés, de los empleos “prestigiosos”… Cuarón hace lo propio en Roma, abrazando a su empleada doméstica de la infancia, dedicándole una película a su figura, a su cultura y a su lengua. Una cinta en la que lo excepcional apenas tiene relieve, en la que lo olvidado y lo cotidiano serán los protagonistas.

AVISO: El artículo puede contener spoilers.

Roma, una experiencia visual

Cuarón hunde sus raíces en su infancia, en la vida de la familia acomodada en un ambiente revuelto, como la Masacre del Corpus Christi del 71, para contarnos la historia de un personaje invisible, de la empleada doméstica proveniente del Pueblo Mixteco. Se pierde en los detalles, su cámara se detiene ante las pequeñas cosas como el agua de fregar, un avión surcando el cielo o los excrementos del perro de la casa.

A su vez, la cámara se mueve con Cleo, la protagonista, nos muestra sus emociones, su rutina, la sigue, la esconde, la acompaña en todo momento. A través de los detalles y de los movimientos de cámara, Cuarón nos describe a Cleo, narra sin decir nada con palabras, las imágenes hablan por sí solas y construyen un retrato realista.

Cada una de las imágenes está cargada de infinidad de significados. ¿Por qué centrarse en el agua de fregar? ¿Por qué enfocar excrementos de perro? Cuarón se sirve del contexto, de lo visual, de todos los elementos que conforman la historia, de las cosas pequeñas y de apariencia insignificante dotándolas de un potente y profundo significado que nos dará las claves de esta historia. Lo invisible cobra sentido, lo invisible es ahora protagonista a través del retrato de Cleo.

Los símbolos adquieren una gran importancia en Roma, explican todo aquello que no puede decirse con palabras. El agua es sinónimo de vida, de origen y principio. Ya Tales de Mileto afirmaba en la Antigüedad que el arjé es el agua, es decir, el principio de todas las cosas. Por esta razón, el agua se ha visto como símbolo de vida, de maternidad, inmortalidad… se asocia, a su vez, a la purificación, al renacer. Así lo vemos en algunas religiones como el cristianismo, donde el agua será fundamental en el bautismo. En Roma, el agua está presente ya desde el comienzo, manifestándose como agua de fregar, dando una pista de la labor de Cleo.

A lo largo de la cinta, el agua aparecerá de diversas formas: como granizo, como el agua de la ducha, como gotas que caen de la ropa tendida… para finalizar en la inmensidad del mar. El agua es un componente esencial en el ser humano y también en nuestro planeta. Acompaña a Cleo durante la película, para finalmente sumergirla en el océano, salvando a los niños a pesar de no saber nadar. Una escena en la que se produce la catarsis del personaje, la purificación y la evolución.

Otros elementos como el fuego, los reflejos, la naturaleza y la relación de Cleo con la misma son igualmente importantes y significativos. Pero, quizás, uno de los que más llama la atención es el del avión. Un avión que ya vemos como reflejo en el agua en los créditos de la película, un avión que aparece en momentos fundamentales y que vuelve a aparecer en el final. Ese avión se nos presenta como el devenir de la vida, como una trayectoria y, al mismo tiempo, una huida, la libertad y la aventura que contrasta con la rutinaria vida de Cleo.

Mujer barriendo

Rescatando a los olvidados

Cuarón va de lo general a lo particular, se sitúa en un ambiente conocido, los años 70 en México y los diversos conflictos, pero sin profundizar en ellos. La profundidad se centra en Cleo, pero también en la propia familia que nos presenta, en la separación de los padres y en el rol que debe adquirir su madre. La cinta se presenta como la vida misma; los conflictos, los problemas y la acción se dan de forma inesperada, aunque nos va dejando pistas.

La imagen del padre aparece ligada a la del coche; un coche grande, americano, que apenas pasa por la puerta de su casa y que representa el poder, el dinero. Sin embargo, el padre se marcha para no volver en un coche mucho más pequeño y nos regala una escena que, al principio, no entendemos demasiado, pero que cobrará sentido con el desenlace de la película.

La madre es otra gran protagonista, es la encargada de deshacerse del emblemático coche, de romper así con su pasado, comprando uno más pequeño, más práctico. El abrazo entre sus padres resulta realmente significativo, mientras la madre se muestra angustiada y lo abraza como si no quisiera dejarlo ir, el padre se muestra más distante. Finalmente, es la propia madre quien nos revela que se han separado y, de este modo, entendemos su papel dentro de la película, sus preocupaciones y su ansiedad.

Roma nos envuelve con un delicado y nostálgico blanco y negro, y nos brinda la posibilidad de conocer al pueblo Mixteco o, al menos, su lengua. El pueblo indígena, fielmente representado por Cleo, por fin cobra relieve en el cine, por fin se muestra ante nuestros ojos como una realidad que existe, vive, sufre y sonríe. Cleo, pese a su rutinaria vida, también se enamora, sufre el desamor y la acompañamos en algunos de los momentos más significativos de su vida.

La escena del parto es realmente sobrecogedora, logramos sentir el dolor de Cleo y la culpa que siente el personaje y se manifiesta en el océano. A su vez, Cleo y su compañera Adela están interpretadas por dos mujeres mixtecas sin experiencia en la actuación, pero que aportan un enorme realismo a la cinta.

Cuarón se reconcilia con su infancia, nos presenta a Cleo, inspirada por la figura de Libo, la que fue su niñera. Construye un retrato perfectamente narrado, nos sumerge en los detalles de la vida cotidiana, nos traslada a las sensaciones y emociones de Cleo, siguiéndola por todos los espacios de la casa, mostrándonos las diversas estancias y las diferencias que hay entre la vida de la familia acomodada y la de la empleada doméstica. Para, finalmente, brindarle un merecido homenaje, abrazar la diversidad de culturas, de lenguas y de personas que habitan el mismo mundo.